Sloterdijk, lo trágico desde lo contemporáneo

Pocas veces había leído un texto en el que se pueda sentir tan marcada la interpretación como en "El Pensador en Escena" (Peter Sloterdijk), hablando en un sentido literal de interpretación como la traducción personal que uno le de a la lectura de un libro o texto en general. Así, el intérprete: “persona que traduce de viva voz de una lengua a otra” Sloterdijk en este caso, habla de sus puntos de vista sobre lo que ha venido conociendo de la obra de nuestro estudio “El Origen de la Tragedia” de Nietzsche. Y ahora me toca a mí hacer mi lectura de este otro texto, “El pensador en escena”. Pero ¿porqué señalar todo este “rollo interpretativo” antes de comenzar a hablar? ¿Para seducir de una idea? O para colocar un filtro al lente de este texto que pretendo escribir sobre lo dicho de este otro autor.
Hablar de lo hablado: riesgo, compromiso, responsabilidad, amor hacia lo que hablo, ¿búsqueda de significados? O simple ¿búsqueda infinita que se posiciona en el texto como multiplicidad infinita de lecturas? Mas de cierta manera ¿retórica que intenta seducir al lector hacia un velo específico sobre el texto? A saber, me he visto más seducido por la imagen del Sloterdijk-interpretador que por la Nietzscheana generadora del texto-base. Y ahora, que intento decir algo, me encuentro en el camino sin salida de imprimir lo que pueda ver como una vía de interpretación propia: donde lo propio se haga manifiesto a través de la arbitrariedad que decida frente a eso que he leído e intento asimilar de cierta manera. Asumir la interpretación a manera de una “dramática psicológica” donde se sienta que el que interpreta: lucha entre la distancia y el advenimiento desvergonzado de su punto de vista, con respecto a lo leído.
Pero de alguna manera u otra este es el Pensador en Escena, el que asume la relectura de un clásico de la filosofía moderna por un camino que no transgrede su calidad subjetiva y que por ende no se transgrede como subjetividad-interpretativa. En este texto hay mucho de Sloterdijk y a eso “sabe”, hablando de gustos. No se percibe un héroe Nietzscheano desconsoladamente vanagloriado ni pisoteado por su lector. Es un Nietzsche que está en la escena, pero dentro del teatro de Sloterdijk, Nietzsche también tiene derecho a reír de lo que se dice de él y de cómo se lo dice. “Un texto está allí mientras que nosotros estamos aquí” asegura el autor en una autodeterminación extrema de su presencia, de su voz.
Dentro de esta lucha dramática entre el autor y el interprete he percibido que hay una suerte de “puesta en escena” del punto de vista de Sloterdijk en la misma narrativa del texto. Es decir, tanto en la estructura de exposición como en el lenguaje utilizado por él; enuncia reiteradamente su posición frente al Origen de la Tragedia. Con esto quiero dejar claro que es evidente que es un texto que apunta a resaltar lo que a Sloterdijk le parece verosímil de resaltar; a saber, el carácter trágico-apolíneo del texto temprano de Nietzsche.
Pero es posible decir “trágico-apolíneo” en un contexto Nietzscheano; no sé, pero por el momento es lo que nos propone Sloterdijk: el Nacimiento de la Tragedia, como el nacimiento de la Ciencia Jovial del Centauro, un ser filosófico donde pueda crecer la multiplicidad artística intrínsicamente desarrollada no solamente en la obra del mismo Nietzsche, sino en su constitución humana. Donde el joven apasionado por la filología se expresa como una “lucha de potencialidades artísticas” que compiten sin fronteras por expresarse sinestésicamente a través de ciencia, arte y filosofía, como un cuerpo que contiene el arte total wagneriano en sí mismo, no como un objetivo, sino como un practicante diario. El Nietzsche de Sloterdijk se convierte instantáneamente en una doble máscara que expresa en su interior la lucha misma de la filosofía y del devenir humano: el enfrentamiento entre arte – ciencia, entre cultura y naturaleza, no ya como algo inconcebiblemente separado, sino como una fusión de la que Nietzsche es madre y partera, en el momento que como pensador “sube al escenario” y se expresa desde la libertad lingüística del hombre-animal, del sátiro de los signos.
Por esta razón Nietzsche se ve interpelado como el nacimiento del centauro al interior de la filosofía, pues en la lectura de Sloterdijk, el Dioniso nietzscheano no es más que un potencial devorador contenido en términos apolíneos. Es decir; un ser que pretende despertar el mito arcaico del terror dionisíaco, pero que frente a esa temible lumbre lo traduce en un bello metal, como un forjador de espadas. Nietzsche genera una mitología moderna que intenta fundar una “racionalidad-mitológica”, un Sócrates que entra al espectáculo de Dioniso para reformular el ser-filosófico en sí. Donde el sufrimiento brutal del individuo confrontado con la visión y la realidad dionisíaca, pueda traducirse mediante el control apolíneo, en una poesía interpretativa o en una polaridad intermedia de la razón. Este encuentro entre una verdad insoportable para el individuo y otra de carácter soportable que se manifiesta como una apariencia necesaria.
Nace el Dioniso-Apolíneo, el ditirambo contenido y maduro, que discierne entre las distintas máscaras, el momento para decir: el yo es el dolor de la individuación o el arte nos salva con su velo lingüístico. Como dice el autor, este es el terreno fértil donde ni el mismo Nietzsche imaginaría que iba a nacer su héroe helénico predilecto, Zaratustra. El mago del saber y el cristo de la aniquilación.
Este es el aporte más significativo desde mi punto de vista que Sloterdijk hace; el planteamiento de un Nietzsche-taoísta que en su interior expresa una dialéctica-negativa que siempre está volviendo a su otro polo para poder equilibrarse. No ya como una campaña por el Rey Dioniso, sino como una persona donde convive la lucha eterna entre lo apolíneo-dionisíaco y lo dionisíaco-apolíneo, como una doble máscara que OSCILA entre polos para retornar siempre a uno de ellos y encontrarse, no como síntesis y progreso de una, sino como eterno “columpio psicológico”, donde la mano de Apolo, regula en mayor parte el tono del juego.
Este nudo dramático expresado por Nietzsche, lo que hace no es “apaciguar las cosas”, sino que realmente genera una fisura dentro de los cánones tradicionales de occidente. Una fisura que a mi manera de ver, sigue sangrando como en una enfermedad hematológica.
Esta enfermedad es el positivismo científico y la razón utilitarista, que instala en varios momentos de nuestra historia, cárceles y tumbas para una consideración trágica de la vida. El reino de los vivos se convierte así en una celda del lenguaje, donde todo lo que se dice y se hace está al servicio de la caducidad del pueblo esclavo que genera esa misma filosofía para esclavos. El vigor heróico será entonces, no solo ver de frente la luz de la sabiduría de Sileno, sino tener el temple de ánimo suficiente para poder resistir el devenir sin fin de nuestra obra teatral. De nuestro psicodrama original donde confluyen las fuerzas apaciguantes de Apolo y las consideraciones intempestivas de Dioniso el terrible.
No creo que Sloterdijk sea un pesimista decadente; todo lo contrario, abriría las puertas a una relectura del Nacimiento de la Tragedia que renueva los elementos internos de la obra en un contexto post-metafísico de la filosofía. Una ciencia que medita desde la fisura y que se alimenta de ella como una vertiente infinita de significados y lecturas; una ciencia lúdica y trágica que propone lo que Nietzsche comenzaría: una moderna tendencia de convertir la physis en verbo. A saber, “un cuerpo abierto al mundo” como diría el mismo autor del texto.
Pero ¿Cómo es este cuerpo abierto al mundo, qué nos propone aquí? Un cuerpo que navega en el océano de las libres interpretaciones, como un astronauta de los signos y como un prometeo de la nostalgia. Ya no como deseo de lograr la “unicidad con el todo” sino como “deseo mudo de ser-uno-de-los-otros”. Este niño-lingüístico que experimenta continuamente consigo mismo y que se ve en el espejo del otro, como la obra de arte interminada e intermitente. Conocerse a uno mismo en un contexto post-metafísico no devendría atraparse en el reflejo de narciso, sino transgredir la individualidad en el misterio del otro. La filosofía trágica nietzscheana lo que principalmente generó en un tenaz ataque apolíneo-dionisíaco es resquebrajar al individuo ¿Quiénes somos? Cotidianamente los otros, singularmente nada. Somos seres que devenimos en el tiempo y a la vez somos entes de una caducidad material infinita, en términos Heideggerianos.
Cuerpos abiertos al mundo, condenados a la libertad, violentados continuamente por el logos cultural y la physis fáctica. Vivimos en la ranura nietzscheana, en la lucha eterna del centauro por amarse a sí mismo y al mismo tiempo no amar nada, no esperar encontrar nada detrás de las apariencias apolíneas. ¿Pero es esto un desconsuelo? Esa es la pregunta fundamental. Solo nosotros, los esclavos del post-industrialismo y los híbridos desencuentros latinoamericanos, los que no podemos ver en el cuerpo musical de Nietzsche y en su fiesta trágica: la naturaleza humana, la jovialidad dionisíaco-apolínea de una racionalidad artística. ¿Es pedir demasiado? Quizás sí, quizás es demasiado pronto para comprender que se puede hacer individuos y sociedades que no estén basadas en el idealismo optimista del “yo”, sino en la experiencia desgarradora de ese principio de individuación. Pero supongo que para eso, hace falta todavía: abrir más la fisura.

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